jueves, 24 de marzo de 2016

Hijos del dios binario, de David B. Gil


David Gil es un escritor al que conocí de pura casualidad, pues como muchos otros autores, lanzó su novela autopublicada al océano de Amazon. Dicha novela, El guerrero a la sombra del cerezo (el cual parece que finalmente va a salir en papel) se cruzó en mi camino y la compré, aunque nunca la llegué a leer. David da el salto a un monstruo editorial como es Penguin Random House y publica un thriller con aires de best-seller en el sello Suma de Letras (sí, ahí donde se publicó al hijo de Stephen King) titulado Hijos del dios binario. En cuanto me enteré de la noticia, mi alarma para “todo lo que tenga un aire cyberpunk o se parezca a Ghost in the Shell” se activó.

Daniel Adelbert es un prospector, un oficio que consta en localizar objetos históricamente valiosos para sus clientes. Él está especializado en el siglo XX. Actualmente trabaja para Ludwig Rosesthein, pero Kenzô Inamura reclama sus servicios a cualquier precio. William Ellis es asesinado tras enviar un correo fantasma a Alicia Lagos, su antigua compañera de universidad y examante con cierta información que pondrá en marcha a la periodista. Alicia decide dejarlo todo atrás para investigar la muerte de Will, la cual parece estar entrelazada con una conspiración a escala mundial. La tercera trama sucede dentro de una institución donde parece que se entrena a unos chavales como si fueran máquinas programables. Nicholas, uno de los chicos que más destacan en este centro se cuestiona qué hacen en el lugar. Todo esto sucede bajo la sombra de las enormes y todopoderosas corporaciones que, en un futuro próximo, amenazan con tener el mundo en sus manos.


Hijos del dios binario es un thriller de ciencia ficción ambientado en un futuro próximo. El autor introduce elementos tecnológicos no demasiado dispares de lo que estamos acostumbrados, pero que le sirven para construir una trama de thriller tecnológico. Es decir, sigue existiendo Facebook, pero la realidad virtual se ha vuelto mucho más sofisticada. Quizá el elemento que más destaca de la novela es uno que recuerda a Neuromante, de William Gibson (y no sólo por la influencia de elementos japoneses futuristas en la obra), pues David incluye una forma de Internet más compleja. Lo llaman la Red y como os habréis imaginado, se puede viajar por ella de varias formas, ya sea con un aparato electrónico como un móvil o “entrando” directamente al mundo virtual.

El estilo de la novela es quizá en lo que más me ha costado formar una opinión. El propio David ha reconocido en una entrevista que quería una novela más mainstream y desde luego, Hijos del dios binario tiene ese aire a best-seller (esperemos que así sea). Me explico: se recurre a símiles manidos, los personajes no escapan de ser clichés y las situaciones las hemos visto decenas de veces en films como Bourne. Pero no deja de haber cierta sofisticación en la forma de escribir de David. La estructura es sólida, el ritmo es bueno, ni demasiado rápido, ni demasiado lento (tiene escenas reflexivas bastante largas que me han resultado muy interesantes); la trama no siempre es previsible, y tiene elementos bastante interesantes. Hijos del dios binario no quiere innovar, no trata de ser original, pero sí es honesta y muestra lo que es, un muy buen thriller de ciencia ficción, cargado de buenas ideas, muy bien escrito y con una trama que engancha. Y me parece muy inteligente por parte de David haber escrito esta novela, pues es accesible para todos los públicos (como bien comenta Marta en su blog), ha salido publicada en un sello generalista y le ha abierto las puertas a poder centrarse en obras menos típicas y más originales (como esa histórica sobre samuráis…). 


martes, 8 de marzo de 2016

Stalker. Picnic extraterrestre, de Arkadi y Borís Strugaski



Stalker es una novela cuyos protagonistas apenas aparecen en toda la obra. Los extraterrestres han pasado por la Tierra y se han marchado, pero tras de sí han dejado una gran cantidad de basura. O quizá no sea basura. Los stalker son contrabandistas que se dedican a entrar en La Zona, el lugar donde aterrizó la nave de estos visitantes desconocidos. Estos extraterrestres literalmente hicieron un picnic en la Tierra, dejaron toda su basura por el lugar y se largaron, como si de un turista mal educado se tratara. Para los humanos esto es un lugar de estudio y contrabando, como si de hormigas se tratara, La Zona es como un caramelo goloso para todos ellos. Basura para unos, tesoro para otros, ¿os va sonando todo esto? Gigamesh ha reeditado esta impresionante obra de ciencia ficción rusa, junto con una introducción de Ursula K. LeGuin.

Redrick es uno de los contrabandistas que se dedican a sacar objetos tan extraños como “vacíos llenos”, objetos que cuestan un dineral en el mercado negro de Harmont. A esto hay que sumarle el ambiente distópico de Harmont, donde el ejército gobierna con mano dura y los alimentos son muy escasos. Pero Redrick no tiene ninguna intención de marcharse de su ciudad. Es a través de este personaje que los hermanos Struatski nos hablan de la libertad y la felicidad. Redrick prefiere ser un contrabandista que tener un trabajo “legal”. Parece estar obsesionado por el dinero, por conseguir las mejores piezas y venderla al mejor postor, pero esto no deja de ser una consecuencia de un deseo mayor: proteger a su familia. Redrick es un personaje complejo y repleto de matices.

Entrar en La Zona significa arriesgarse a mutaciones genéticas e incluso a la muerte. Pero el material que allí se encuentre se cree que puede ayudar en el desarrollo tecnológico. Aunque en la propia novela no veamos muchos de estos avances, la fiebre por ganar esta carrera tecnológica es palpable. La Zona es un Chernobyl. Una metáfora de lo suicida que puede llegar a ser la humanidad, internándose en una zona en la que te juegas la vida constantemente. Como he dicho antes, Stalker fue censurada debido a los diálogos. Los hermanos Strugaski usan insultos y palabras coloquiales y a menudo malsonantes para construir el ambiente de y las relaciones de los stalker. Los stalker son gente pobre, contrabandistas, gente de clase baja. Son chusma que se dedica a sobrevivir robando basura de un lugar radioactivo. Cabe destacar los motes que los stalker ponen a los fenómenos que tienen lugar en La Zona, como por ejemplo el claro de mosquitos, o la pelusa ardiente.

Stalker es una novela que rompe con los clichés preconcebidos del lector casual de ciencia ficción. No hay espacio, no hay naves espaciales, no hay alienígenas. Stalker es una novela que reflexiona y critica de forma muy dura una sociedad en decadencia. Tanto es así, que cuando fue publicada por primera vez sufrió un duro golpe por parte de la censura de la Unión Soviética. En este volumen, Gigamesh se ha encargado de traducir y publicar el manuscrito original de los hermanos Strugatski en una edición con la calidad a la que estamos acostumbrados por parte de la editorial. Al contrario de lo que se pueda pensar sobre una obra rusa escrita durante la Guerra Fría y que hace una crítica directa al gobierno, Stalker se centra más en el humanismo que en la ideología política. Destino o libertad serán algunos de los temas tratados por los autores.

Stalker. Picnic extraterrestre, es una novela dura y cruda. Un canto a la búsqueda de la libertad y la felicidad. Una novela que destapa la suciedad y la corrupción del mundo y deja a la vista las heridas de la injusticia. Una novela filosófica envuelta en la carcasa de la ciencia ficción. Es una novela que narra la vida de un hombre cuyo mundo es un vertedero de chatarra alienígena, las sobras de un picnic de alguien que venía de paso. Porque en el universo no somos más que pequeñas hormigas que se lanzan sobre un caramelo perdido.